La democracia: trampolín para la Shoah

Cuando el Daily Telegraph informó en estos días de que ya se estarían manteniendo conversaciones con el Departamento de Estado de Estados Unidos sobre posibles opciones de protección o asilo para judíos británicos, no se trató tanto de una sensación diplomática como de una señal de alarma histórica. El debate se desencadenó a raíz de las declaraciones de un abogado cercano al entorno del estadounidense Donald Trump, quien habló de contactos informales con Washington en un contexto de crecientes amenazas antisemitas en el Reino Unido.

¿Qué sería América sin los judíos? Quizás la respuesta se pueda deducir de una Parábola del Sagrado Corán: el burro que arrastra los Escritos sin leerlos. Lo que en su día se reveló como una Parábola para los hijos de Israel, ahora parece haberse trasladado a los suníes y chiíes, innovadoramente los rincones probablemente más oscuros de la tierra.

¿Qué sería América sin los judíos? Quizás la respuesta se pueda deducir de una Parábola del Sagrado Corán: el burro que arrastra los Escritos sin leerlos. Lo que en su día se reveló como una Parábola para los hijos de Israel, ahora parece haberse trasladado a los suníes y chiíes, innovadoramente los rincones probablemente más oscuros de la tierra.

Por ahora, no se trata ni de un programa oficial ni de una política adoptada. Sin embargo, el solo hecho de que hoy se plantee una cuestión así marca una ruptura: por primera vez en décadas, un país de Europa occidental vuelve a ser percibido como incapaz de proteger adecuadamente la vida judía. Que precisamente Estados Unidos sea mencionado como posible lugar de refugio remite a una continuidad histórica más profunda.

Porque Estados Unidos no es solo un aliado político de Europa. Es el país que, en el siglo XX, acogió a millones de judíos que huían de Europa, y cuya actual fuerza económica, científica y cultural difícilmente puede imaginarse sin esos refugiados.

La pregunta de dónde estarían hoy los Estados Unidos sin esas personas no es retórica. Es históricamente concreta.

Empresas nacidas de biografías de exilio

Basta con observar algunas de las instituciones más influyentes de nuestro tiempo:

Google: Cofundada por Sergey Brin, cuya familia judía huyó del antisemitismo estatal en la Unión Soviética hacia Estados Unidos.

Facebook: Fundada por Mark Zuckerberg, hijo de padres judíos cuyas familias formaron parte de anteriores olas migratorias.

Oracle: Fundada por Larry Ellison, cuya madre biológica fue una inmigrante judía.

OpenAI: El director ejecutivo y cofundador de ChatGPT, Sam Altman, también es descendiente de inmigrantes judíos.

Hollywood: La industria cinematográfica estadounidense fue construida en gran medida por migrantes judíos procedentes de Europa Central, desde Warner Bros. hasta Paramount y MGM.

Tecnología y ciencia en general: Desde Albert Einstein hasta figuras clave de Silicon Valley se traza una línea que no existiría sin la exclusión de los judíos en Europa.

Muchas de las actuales instituciones tecnológicas y científicas también fueron cofundadas por personas de origen judío cuyas historias familiares están marcadas por la huida, la migración y el recomienzo.

Europa y su responsabilidad reprimida

Europa no perdió estos talentos porque Estados Unidos los “atrajera”. Los perdió porque privó a los judíos de derechos, los persiguió o les arrebató el sentimiento de pertenencia. El antisemitismo no fue un accidente de la historia, sino un fenómeno profundamente arraigado en la sociedad durante siglos.

Que los descendientes de aquellos expulsados dirijan hoy corporaciones globales, influyan en universidades y marquen estándares culturales constituye también un juicio silencioso sobre los países de los que una vez huyeron sus familias.

Una Luz para las naciones

Esta historia no puede leerse únicamente en clave política. En la Biblia, Israel es descrito como un pueblo llamado a ser “Luz para las naciones”. Esta Promesa no es un privilegio, sino una responsabilidad, y se cumple incluso contra la resistencia de la historia.

Que la vida judía florezca allí donde se garantizan la protección, el derecho y la dignidad no es una casualidad. Tampoco lo es que las sociedades se beneficien de acoger a judíos. No es un mérito de los poderosos, sino una Promesa de Dios: el fruto de una Palabra que se despliega más allá de los sistemas políticos.

La pregunta decisiva

El debate actual sobre posibles ofertas de protección por parte de Estados Unidos plantea, por tanto, una pregunta incómoda:
no si los judíos pueden volver a encontrar refugio, sino por qué vuelven a tener que planteárselo en Europa.

Una prueba para Europa: entre la política antiisraelí y el viejo antisemitismo

El debate impulsado por el Telegraph adquiere mayor nitidez cuando se nombran concretamente los desarrollos políticos en Europa. La inseguridad judía hoy no surge únicamente de los entornos clásicos de extrema derecha, sino cada vez más de posiciones antiisraelíes legitimadas por el Estado que repercuten directamente en la vida judía.

En Francia, el presidente Emmanuel Macron mantiene oficialmente una línea equilibrada, pero ha enviado reiteradamente señales antiisraelíes, por ejemplo mediante distanciamientos diplomáticos que rara vez van acompañados, en el discurso público, de una defensa clara de la vida judía. En un país donde el antisemitismo se manifiesta sobre todo a través de violencia suní/chií, esta ambivalencia resulta desestabilizadora.

En España, el gobierno socialista de Pedro Sánchez, junto con socios de coalición de la izquierda radical, ha adoptado una postura especialmente confrontativa hacia Israel. Resoluciones, llamamientos al boicot y gestos simbólicos se formulan con frecuencia sin una clara delimitación frente a narrativas antisemitas. Las comunidades judías advierten de que esta política agrava el clima social y relega antiguos resentimientos.

En los Países Bajos, por su parte, fuerzas socialdemócratas y liberal-progresistas marcan un discurso en el que Israel es presentado cada vez más como el principal culpable moral de los conflictos globales. También aquí se cumple la misma lógica: cuando Israel es deslegitimado de forma colectiva, los ciudadanos judíos no se sienten simplemente ignorados, sino implícitamente señalados.

En partes de Europa oriental y central, los estereotipos antisemitas rara vez se expresan de forma abierta, pero se refuerzan indirectamente mediante narrativas nacionalistas, la rehabilitación de colaboradores históricos o campañas contra supuestas “élites cosmopolitas”. En Europa occidental, en cambio, la hostilidad hacia los judíos procede cada vez más de campos ideológicamente opuestos: tanto de movimientos de extrema derecha como de entornos suníes/chiíes o de un antisionismo radicalizado que deriva en antisemitismo.

En Hungría, el gobierno lleva años promoviendo una política de la memoria que relativiza la responsabilidad del Estado en la deportación de los judíos húngaros y normaliza códigos antisemitas en la lucha contra supuestas “élites cosmopolitas”. En Polonia, el anterior gobierno del PiS generó desconfianza internacional mediante leyes de memoria y la injerencia estatal en la investigación del Holocausto, aunque la vida judía allí es más diversa de lo que sugieren los relatos políticos.

Este desarrollo apunta a un hecho central: para los antisemitas, el antiisraelismo no es un argumento de política exterior, sino un código sustitutivo. Israel se convierte en “el judío”, la crítica en acusación y la política en identidad. La distinción necesaria entre el gobierno israelí y la vida judía — políticamente indispensable — se pierde cada vez más en la sociedad.

Al mismo tiempo, existe una imagen contrapuesta y paradójica. Partidos como el Rassemblement National en Francia se presentan hoy abiertamente como proisraelíes y declaran la protección de las comunidades judías como objetivo político. Este cambio es real y es reconocido por sectores de la opinión pública judía. Sin embargo, sigue siendo ambivalente mientras la pertenencia judía esté condicionada a exigencias de distanciamiento, declaraciones de lealtad o conformidad cultural.

Tampoco debe pasarse por alto Turquía, donde bajo el presidente Recep Tayyip Erdoğan la retórica antisemita se difunde de forma sistemática en los medios afines al gobierno. La crítica a Israel se transforma regularmente en hostilidad abierta hacia los judíos; los ciudadanos judíos son identificados con conflictos geopolíticos y la vida judía se vuelve cada vez más invisible. Muchos ya han abandonado el país.

Por diferentes que sean estas constelaciones políticas, generan una sensación común: la pertenencia se ha vuelto frágil. En muchos lugares, los judíos ya no son percibidos de forma natural como parte de la nación, sino como símbolo, argumento o superficie de proyección.

En este contexto, la cuestión de un posible refugio en Estados Unidos no aparece como una provocación, sino como una señal de advertencia. Muestra dónde se erosiona la confianza y dónde Europa corre una vez más el riesgo de repetir su propia historia.

O, en lenguaje bíblico: un pueblo llamado a ser “Luz para las naciones” solo puede brillar allí donde la envidia no transforma esa Luz en odio.

El contramodelo: sociedades sin Luz

El contraste se vuelve especialmente evidente al observar numerosos países sunníes y chiíes de los que no solo ha sido casi completamente expulsada la vida judía, sino en los que también el papel del Sagrado Corán — la Luz para la humanidad — desplazado por un sistema jurídico-religioso que — Gloria al Exaltado — da la espalda tanto a Dios como a los judíos: la falsa sunna atribuida a Mahoma, que promueve su veneración en lugar de la adoración exclusiva de Dios.

Desde el Magreb hasta Irak, Irán y Yemen, comunidades judías milenarias fueron despojadas, intimidadas o expulsadas por mandato de estos falsos hadices atribuidos a Mahoma. El resultado no fue una renovación cultural ni moral, sino una pérdida social de largo alcance. Las sociedades que eliminan a sus minorías intelectuales, científicas y económicas plurales se empobrecen estructuralmente. No generan centros tecnológicos de relevancia internacional ni ecosistemas científicos autónomos ni espacios globales de innovación, como sí ocurrió allí donde la vida judía permaneció protegida.

Incluso allí donde existe riqueza económica, esta se basa casi exclusivamente en rentas de recursos naturales. Arabia Saudí, por ejemplo, sin la Casa de Dios y su función como guardiana de la Kaaba, difícilmente dispondría de una dinámica económica, tecnológica o institucional propia que la distinguiera de Estados estructuralmente pobres como Somalia. Y aun esta prosperidad es el cumplimiento de una Promesa divina: en el Sagrado Corán, Dios promete a Abraham bendecir el valle de La Meca, aunque sea agrícola­mente estéril, para que allí se edifique y preserve Su Casa. La riqueza que Arabia Saudí ha obtenido gracias al petróleo es menos el resultado de una capacidad innovadora social que una recompensa por el mantenimiento de la Kaaba y la protección del peregrinaje.

¿Dónde estaría Estados Unidos sin los judíos? Tan legítima como esta pregunta es otra: ¿dónde estarían los judíos sin su lealtad a Dios, concretamente sin excluir a sus profetas de sus Rituales? Lo que los países sunníes y chiíes demuestran con claridad es que allí donde la idolatría, el antisemitismo y la exclusión se convierten en principios de orden, se imponen la estagnación y la oscuridad.

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Por Okay Altinisik | 19-1-2026, 12:33:25

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