¿A quién se dirigió Elie Rosen en su discurso sobre la Shoah en el Parlamento?

El discurso conmemorativo pronunciado por Elie Rosen, presidente de las Comunidades Judías de Salzburgo, Estiria y Carintia, con motivo del Día Internacional de Conmemoración del Holocausto en el Parlamento, estuvo marcado por una profunda gravedad moral y un fuerte sentido de responsabilidad histórica. Recordó de manera contundente el carácter singular del crimen del Holocausto y la obligación permanente de proteger la vida judía. Este recordatorio es incuestionable y necesario. Tanto más importante resulta, sin embargo, emplear un lenguaje preciso cuando la memoria histórica se transforma en crítica política o religiosa contemporánea.

Elie Rosen no es una excepción. Dada la frecuencia con la que los debates políticos y mediáticos sobre la identidad judía —por parte de los judíos— se vinculan con un papel de víctimas, cabe preguntarse si este papel de víctimas no es, en realidad, deseado. Imagen: Parlamento de Austria

Elie Rosen no es una excepción. Dada la frecuencia con la que los debates políticos y mediáticos sobre la identidad judía —por parte de los judíos— se vinculan con un papel de víctimas, cabe preguntarse si este papel de víctimas no es, en realidad, deseado. Imagen: Parlamento de Austria

Resulta particularmente problemática la crítica generalizada de Rosen al “Islamismo”, que en el discurso no fue suficientemente diferenciada. Si bien los movimientos políticos sunníes/chiíes —especialmente en sus manifestaciones violentas y antisemitas— son reales y peligrosos, establecer una relación indiscriminada entre extremismo e Islam en su conjunto conlleva el riesgo de confundir conceptos religiosos y de dirigirse colectivamente a miles de millones de creyentes que no tienen ninguna relación con el antisemitismo ni con la violencia.

Ni el sunnismo ni el chiismo “son” Islam o Islamismo. Son corrientes teológicas externas al Islam que veneran al profeta Mahoma y que, no obstante, se remiten al Sagrado Corán. El término “Islam” significa en árabe “devoción” o “sumisión”, exclusivamente a Dios.

Otro punto central se refiere al antisemitismo de base religiosa que está extendido en partes del mundo sunní y chií. Este antisemitismo se nutre menos del propio Sagrado Corán que de determinadas tradiciones (hadices) atribuidas al profeta Mahoma. Muchos de estos hadices contienen afirmaciones antijudías, pero entran en clara contradicción con pasajes coránicos en los que los judíos son reconocidos como “Gente del Libro” y en los que se contempla, en principio, el pluralismo religioso. En general, estos hadices funcionan como un instrumento para contrarrestar la Ley de Alá —que, a diferencia de la Torá, se ha mantenido inalterada hasta nuestros días—, por ejemplo, mediante la legalización de la pedofilia: palabra clave Aisha.

La investigación en estudios islámicos señala además que las grandes colecciones de hadices se compilaron mucho tiempo después de la muerte del profeta. El manuscrito de hadices más antiguo conocido, que actualmente se encuentra en posesión de la universidad de Leiden, data de aproximadamente 200 años después de la muerte de Mahoma. Esta distancia temporal deja claro que los hadices son interpretaciones teológicas, políticas o sociales posteriores, y no declaraciones proféticas directas. Que tales tradiciones sigan utilizándose hoy como justificación religiosa del odio y la violencia constituye un grave problema interno tanto del sunnismo como del chiismo, pero no prueba un antisemitismo inherente al Islam como religión.

Es precisamente aquí donde se hace visible el vacío estratégico: una “lucha de Israel contra el antisemitismo” tomada en serio no puede tener éxito si su enemigo está mal definido. Quien no distingue entre la religión auténtica y las sectas no combate el antisemitismo, sino una construcción. Una lucha contra un enemigo falso no conduce a la victoria.

Y además, ¿permitiría Dios jamás que su verdadera Obra fuera aniquilada?

A ello se suma un momento sensible pero necesario de autorreflexión. En los debates políticos y mediáticos, la identidad judía —comprensiblemente a la luz de la historia— se vincula a menudo de forma muy estrecha con el papel de víctima. Esta perspectiva está históricamente fundamentada, pero puede volverse problemática cuando se generaliza de manera acrítica o se utiliza estratégicamente en el presente. El caso de Gil Ofarim, en el que una grave acusación de antisemitismo fue posteriormente reconocida como falsa, así como la postura de muchas, si no de todas, las instituciones israelíes, plantea la pregunta de si el papel de víctima no resulta, en el fondo, deseado.

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Por Okay Altinisik | 31-1-2026, 11:19:31 (actualizado el 1-2-2026, 18:38:12)

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